kithas

Registrado: 28 Oct 2008 Mensajes: 12 Ubicación: Junto a mi daemon
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Publicado: Sab Nov 15, 2008 1:21 pm Título del mensaje: la historia sin fin |
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Bueno, una historia que hice para el foro de daemons y que he decidido publicar en varios lugares, entre ellos este:
| Cita: | Me di la vuelta en la cama. Aquello estaba caliente, más que lo de fuera. A mi lado, el cuervo que se hacía llamar Dagreth, ya despierta del todo, vigilaba por toda la habitación, llena de cosas extrañas, espejos angulosos y figuras que te observaban sin moverse. Es el día 22 de diciembre, y hace un frío que pela, aunque no me quiero levantar… En un momento dado, mi daimon me avisó, contando en voz baja:
-3…2…1…
Tuve el tiempo justo para darme cuenta y que no me cogiera de improviso. Un enorme puma abrió la puerta de golpe y se lanzó contra nosotros, sin previo aviso.
-¡Estoy despierto!
Esa era la manera en la que mi madre y su daimon nos despertaban los días que nos quedábamos dormidos.
-Muy bien. Dúchate y pon la mesa para desayunar, que ya sabes que los sábados desayunamos todos juntos.
-Sí, mamá.-le dije con voz sumisa y somnolienta a partes iguales. La verdad es que no comprendía por qué me tocaba a mí el mismo ritual cada mañana de sábado. ¿Por qué porque mi hermana fuese más pequeña no tenía esas obligaciones de madrugar? ¿Quién les pedía a mi madre y su daimon que se levantasen tan temprano?
Consciente de las garras y dientes de Ashura, el daimon de mi madre, y lo que podían hacer desplumando a un cuervo, me dirigí al baño mientras me frotaba los ojos, dejando escapar entre ellos los últimos vestigios de sueño que había quedado atrapado entre ellos. Me desnudé, me duché, y después salí envuelto en una toalla y una nube de vapor que Dagreth se esforzaba por quitar aleteando. Me dirigí a mi habitación de nuevo.
El ritual de las mañanas de sábado. Ducharse, vestirse, poner la mesa. Ya era casi automático. Dagreth se posó en mi hombro mientras llevaba las cosas a la mesa en la que íbamos a desayunar.
-¿No te parece esta una verdadera mañana de invierno?
Y tanto, me dije. Me había puesto un jersey, pero aún así tenía frío. En la calle el aire casi podría verse de lo frío que estaba, y el cielo tenía un aspecto blanquecino que anunciaba nieve. Mi ciudad nunca ha sido muy fría, me dije. Podría nevar, y así pasaría algo inusual, curioso. Ver la nieve desde el relativo calor de mi casa resultaría reconfortante.
Desayunamos. Una vez que mi padre y su daimon búho se hubieron ido a hacer sus recados, todos nos retiramos y volví a odiar el “ritual de cada sábado” Ducharse, poner la mesa, desayunar, quitar la mesa… parecía que todo era igual que todos los sábados. Me fui a hacer mis tareas, como por ejemplo hacer la cama o recoger la habitación. Vamos, con lo que ningún humano menor de edad sueña pero lo que todos tienen que hacer. Oí la puerta cerrarse. Que bien, también se han ido ellas, con sus daimons. Tendrían que hacer unos recados. Por fin estoy solo en casa.
Acabo rápido las tareas para poder dedicarme al ocio. Dagreth me susurra: “¿Y ese examen que tienes la semana que viene?” maliciosamente, pero lo mando a paseo. Ya estoy acabando, los dos pensamos simultáneamente en el rato que podremos pasar al ordenador o a la televisión, o leyendo.
De repente, mientras estoy acabando de hacer mi cama, suena el timbre de la puerta exterior. ¿Quién llamará a estas horas? Dejo la cama a medias, el colchón vertical, y Dagreth y yo vamos a abrir rápidamente. Abro el telefonillo y me lo pongo a la oreja.
-¿Quién es?
Nada… no responden.
Me encogí de hombros.
-puede que ya hayan abierto- me susurró mi daimon.
Me volví a ir a mi habitación, fastidiado por el viaje innecesario. Pero nada más llegar, volvieron a llamar al timbre. Volví a ir rápidamente, pero cuando lo cogí nadie había al otro lado.
-Ya me están empezando a fastidiar- le dije a mi daimon.- pienso esperar aquí.
Me fui a la sala y encendí la tele. Nada más encenderla, otra vez. Un timbrazo. Fuerte, insistente. Cojo el telefonillo… nada.
Ya enfadado, volví al cuarto de estar, que estaba al lado de la entrada y cuyas ventanas daban a la calle en la que estaba la puerta. Timbre…
Abrí la ventana y miré abajo. Nadie. No había nadie abajo, fuera del pequeño portal en el que estaba la puerta. Es más, no había nadie en toda la calle.
-No deberíamos hacerle caso. Se cansará, seguro…
Nos fuimos a la habitación y reanudamos la tarea que habíamos dejado sin hacer. Timbre, suena de nuevo. No lo escucho. Ahora parará porque le abren. No, no para. Sigue llamando. No se ha equivocado. Nos miramos los dos a una, y pensamos a la vez que puede ser otra persona distinta a alguien.
Vamos, contestamos. Nadie, excepto unas interferencias a las que no les presto la menor atención. Suelen escucharse muy a menudo, la verdad es que el timbre este no es muy bueno. Cierro con fuerza y me vuelvo a mi habitación, resignado y decidido a no volver a contestar, aunque quemen el timbre.
Efectivamente, llaman.
-No-vamos-a-contestar- le digo a mi daimon, Dagreth, que se agita al escuchar las insistentes llamadas. Seguimos haciendo la cama, sin hacer caso del sonido del timbre.
- ¿Ves? –Le dije al cabo de cinco minutos- ya ha parado.
Seguí recogiendo la habitación y entreteniéndome un poco con lo que encontraba. La verdad es que en mi vida habitual la concentración no es mi fuerte. De repente oímos un portazo, de la puerta de entrada a la calle.
-Holaaa…
Digo, más por pura costumbre que por que sepa quién ha entrado.
No contestan. Ni se oyen pasos. Rayos, esto sí que no es pura costumbre.
- Yo creo que no hace falta seguir colocando esto, ¿No, Dagreth?
- No, ni ganas- responde el cuervo.
- Bien, pues vamos a ver quién ha llegado…
Dicho y hecho, aunque no encontramos nada que nos indicase que alguien más que nosotros se hallaba en casa. Todo estaba en perfecto orden: Las cosas colocadas, la puerta cerrada…
“esto es muy raro…” pensé.
En ese momento empezamos a oír la ventana de mi habitación abrirse.
- Pero ¿Qué…?
No hizo falta preguntar nada. La casa tiene una curiosidad, que la curvatura que tiene en el pasillo apenas se nota por las ventanas. Eso quiere decir que desde la ventana de la cocina se pueden ver las de las habitaciones de mi hermana y mía. Allí acudí, y comprobé que la ventana se había abierto sola.
Mi primer pensamiento fue que allí había alguien (o algo) que me estaba vacilando. Pero lo que dijo Dagreth no se me pasó por alto.
- Esto no es algo que uno vea todos los días…
Así pues, fui hacia mi habitación para cerrar la ventana. Después, volví a la sala por el pasillo.
A mitad de camino me di la vuelta. Notaba algo detrás de mí que… NOS ATERRABA…
Me di la vuelta en la cama. Aquello estaba caliente, más que lo de fuera. A mi lado, el cuervo que se hacía llamar Dagreth, ya despierta del todo, vigilaba por toda la habitación, llena de cosas extrañas, espejos angulosos y figuras que te observaban sin moverse. Es el día 22 de diciembre, y hace un frío que pela, aunque no me quiero levantar… En un momento dado, mi daimon me avisó, contando en voz baja:
-3…2…1…
Tuve el tiempo justo para darme cuenta y que no me cogiera de improviso. Un enorme puma abrió la puerta de golpe y se lanzó contra nosotros, sin previo aviso.
-¡Estoy despierto!... Un momento… ¿no he vivido esto ya?
Miré extrañado a Dagreth, que asintió con la cabeza. A ella tampoco le cuadraban los sucesos.
En fin, sería un sueño. El ritual de cada sábado… Tras intercambiar los acostumbrados saludos con mi madre, que me sabían a repetidos, me duché, con la impresión de que hacía muy poco que me había duchado. Puse la mesa.
-¿No te parece esta una verdadera mañana de invierno?
Miré a Dagreth, taladrándola con la mirada. Vale que los demás dijeran exactamente lo mismo, pero nosotros dos… Cerró la boca, asombrada. Repetíamos todo exactamente como el día anterior… ¿había habido un día anterior? ¿Quizá… un sueño?
Desayunamos. Una vez que mi padre y su daimon búho se hubieron ido a hacer sus recados, todos nos retiramos y volví a odiar el “ritual de cada sábado” Ducharse, poner la mesa, desayunar, quitar la mesa… parecía que todo era igual que todos los sábados. Me fui a hacer mis tareas, como por ejemplo hacer la cama o recoger la habitación. Vamos, con lo que ningún humano menor de edad sueña pero lo que todos tienen que hacer. Oí la puerta cerrarse. Que bien, también se han ido ellas, con sus daimons. Tendrían que hacer unos recados. Por fin estoy solo en casa.
Maldita sea, tengo que dejar de pensar así. Quiero seguir manteniendo la cordura aunque algo que no comprendo me la intente arrebatar. A hacer las cosas. Justo acabando de hacer la cama (en el mismo momento que la otra vez, me recordó Dagreth) me asaltó el sonido del timbre.
Fui, aburrido, pues ya sabía que no contestaría nadie. Me empezó a asaltar la inquietud. No me moví de al lado del timbre, hasta que (como sabía que haría) volvió a sonar. Lo cogí al segundo. Las mismas interferencias de antes. Bueno, tendré que aguantar. Si me quedo aquí sabré quién entra cuando se abre y cierra la puerta, ¿no?
Entonces nos llegó el sonido de algo cayendo en el interior de la casa. No me pienso mover, le digo a Dagreth.
-¿Y si se ha caído algo de verdad?
Le dí una patada al suelo, consciente de lo que ocurriría, y no pude evitar ir a ver. La hucha de cerdito de mi habitación se había caído y estaba rota. Conté mentalmente: 3, 2,1… Portazo. ¿Por qué tenía que ser todo tan predecible? ¿Quizás porque lo vivía todo por segunda vez?
Fui hacia la puerta, con Dagreth impacientándose con que buscáramos al intruso y lo atrapáramos. ¿Qué te ocurre, Dagreth? ¿Acaso no sabes que no hay intruso? ¿Acaso no sabes lo que ocurrirá?
A mitad de camino me di la vuelta. Notaba algo detrás de mí que… NOS ATERRABA…
Me di la vuelta en la cama. Aquello estaba caliente, más que lo de fuera. A mi lado, el cuervo que se hacía llamar Dagreth, ya despierta del todo, vigilaba por toda la habitación, llena de cosas extrañas, espejos angulosos y figuras que te observaban sin moverse. Es el día 22 de diciembre, y hace un frío que pela, aunque no me quiero levantar… En un momento dado, mi daimon me avisó, contando en voz baja:
-3…2…1… |
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